Las carnicerías de Margarita son lugares que he dejado de visitar desde que, hace un tiempito para, se convirtieron en una especie del boutiques gourmet, no por la exquisita calidad del producto que venden, que son la misma carne y el mismo pollo de siempre, sino por los precios exorbitantes que no dejan de subir. No hay una sola carnicería que no participe en la carnicería que nos están aplicando en los bolsillos.
“Es que el proveedor me la vendió a tanto”. -Se excusa el carnicero-. El proveedor, según me cuentan, es un maestro de la trácala que exige que le paguen una parte legal y otra, la más gorda, por debajo de la mesa; que cambia las reglas cada semana, algunas veces exige que le paguen por delante, otras condiciona la venta a que, por cada kilo de carne, hay que comprarle un jamón pellejúo que nadie le quiere comprar. El pollo, lo mismo, dos facturas, una buena y otra tracalera, y si no lo compras con mortadela de ídem, pues, ni mortadela ni pollo.
“El problema, señora, es que yo también tengo una familia que mantener, así que con mucha pena le tengo que obligar a comprar ese jamón pellejúo si se quiere llevar la carne molida. Es por mis hijos que le tengo que vender a estos precios. Es por ellos que el pollo no se lo vendo entero sino en pechugas con espalda y pescuezo y con un sobrepeso de hielo sanguiñoliento en la cavidad toráxica, eso sí, a precio de pechuga deshuesada. ¿La deshuesada? Esa se la vendo a precio de caviar”, entiéndame usted”.
Lo mismo pasa en las panaderías. “Es que el saco de harina nos lo venden a seis mil bolos, así que el pan campesino se lo vendo a usted en ciento cincuenta y todos felices porque usted tiene pan y yo su dinero. Y hago tortas, palmeritas, galletas y pasta fina, y como el gobierno me obliga, saco una vez al día, para que usted tenga que hacer cola, canillas rellenas de aire”.
Y las verduras: 12 tomates en una bandejita, tres buenos, tres verdes y seis magullados. “Y no me destape la bandeja, señora, que eso está prohibido. Eso son los tomates que me llegaron y esos son los que voy a vender. Si quiere tomate se lo lleva así, asuma mi pérdida como suya, mire que yo tengo una familia que alimentar”.
Todos corren la arruga y uno no ve a un gremio de carniceros, o un gremio de panaderos, o de lo que sea, ni hablar de los señores de Consecomercio, que para lo único que sirven es para pedir dólares baratos al gobierno para comprar baratijas que luego nos venderán carísimas, no vemos a nadie denunciando a los proveedores, no vaya a ser cosa que no les provean más.
El cliente no tiene la razón. Aquella figura del comerciante que cuida a su clientela no existe. Entrar a un comercio es exponerse al irrespeto, desde el cartelito en la puerta que anuncia que estás siendo vigilado “por tu seguridad”, la pechuga con pescuezo y tolete de hielo entre pecho y epslda, el tomate aplastado, hasta el pan de aire, y si no le gusta vaya y compre en otro lado donde lo van a tratar igual.
Entonces llega la superintendencia y los sanciona, además -quí hurribli- de obligarlos a verder a los precios regulados. Esta semana le tocó a las carnicerías margariteñas, entonces, por fin, vimos a los carniceros levantar la voz, pero no para defenderse y defendernos de la supuesta y creíble extorsión de los proveedores, sino para advertir que van a cerrar, culpemaduro, que no los deja vender al son de Tongo le dio a Borondongo
Yo, que nunca tuve vocación de Muchilanga, y conciente de que pretenden desplumarme con productos perecederos, cantandito “que se les pudran”, no les compro un carrizo. Mientras tanto, me voy convirtiendo en una maestra de la cocina alternativa, inventando sabrosas maneras de no permitir que los especuladores maten a mi familia de hambre para que las suyas sí puedan comer.

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