martes, 1 de diciembre de 2015

"A APRETARSE EL CINTURÓN" FUE LA RESPUESTA A BAJOS PRECIOS DEL CRUDO EN LOS 90

AVN.- Detrás del vacuo marketing electoral que conquistaba los votos, la asfixia. Durante los dos últimos gobiernos de de Acción Democrática (AD) y Copei, el país que despertaba a empujones del espejismo saudita aprendió —de la manera más amarga— en qué consistía el eufemismo neoliberal de la "disciplina fiscal", impuesta como receta por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para una economía hipotecada que destinaba a Estados Unidos su principal recurso de exportación: el petróleo.


A los merengues de Roberto Antonio, la religión de "la noche más linda" y la cabellera del Puma José Luis Rodríguez, se sumó otro hito al imaginario venezolano que el pueblo llamó, con justicia y algo de sorna, la coronación de Carlos Andrés Pérez (CAP). Lejos de aquella imagen del "gocho" como saltimbanqui de charcos, el acto de asunción del mandatario que había prometido el milagro económico de un país devastado desde el Viernes Negro se realizó el 2 de febrero de 1989, en el Teatro Teresa Carreño, dejando fría la solemnidad del Congreso.

"La recepción a la Prensa internacional puso ayer fin en Caracas a los actos de lo que el ingenio local ha calificado de coronación de Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela. Unos fastos, modestos si se los compara con las celebraciones del sha en Persépolis en 1971, pero curiosos en una economía a la que el petróleo no puede ya redimir de antiguos despilfarros", escribirían en El País.

El abrazo entre el saliente Jaime Lusinchi y CAP confirmaba la hegemonía adeca, que repetía por segunda vez la hazaña de no entregar la banda presidencial a Copei, como mandaba el Pacto de Punto Fijo, y transmitía un mensaje de alegría y esperanza. El paquete vino después, fue de frente y dio la cara.

Es por tu bien

Dos semanas después de aquel espectáculo, un CAP, ya no tan gozoso, decía lo que había ocultado en aquella campaña de brazos en alto y jingles pegajosos: "Estas medidas, duras en el campo económico, lo hacemos (sic) en su beneficio. Esto es lo que va a permitir que realmente logremos el bienestar de todos los sectores de la comunidad".

Las medidas, dictadas por el FMI para otorgar un préstamo de 4.500 millones de dólares, implicaban la liberación total de la economía, eliminación del control de precios, aumento de la gasolina y servicios públicos, y la congelación de cargos de la administración pública. El paquetazo de Pérez, llamado por sus asesores como el "Gran Viraje", prometía devolver al país a la senda del crecimiento económico, al "ta' barato, dame dos", al paraíso de las vacas gordas, en medio de la fluctuación de los precios del petróleo y la volatilidad del mercado energético.

"Yo no les pido que me lleven en hombros, mi orgullo y mi ambición es que me saquen en hombros de Miraflores", se jactaba CAP ante las cámaras. Ese día era difícil prever que no terminaría su mandato y se convertiría en el primer presidente venezolano en dejar el poder por un juicio, uno por corrupción.

El cinturón aplicado a una economía con 60% de pobreza general y 30% de miseria extrema fue imposible de aceptar. La rebelión popular tomó las calles, el 27 y 28 de febrero, y fue respondida con una brutal represión de Estado con saldo de miles de muertos enterrados en fosas comunes, y un país resquebrajado que tendría que esperar casi un década para levantarse.

Mientras ardía la ciudad de los techos rojo sangre, para Pérez lo importante fue que "no hubo un solo local público atacado, no hubo una sola casa de partido", o al menos eso dijo un año después, entrevistado por su jefe de prensa en la extinta Oficina Central de Información, Roberto Giusti.

Pérez, incluso, desvinculaba de toda responsabilidad al FMI por el estallido social: "Eso no tiene nada que ver, ni el pueblo entiende eso, ni aquí estaban cumpliéndose las medidas del Fondo Monetario, ni nada. Se había tomado una decisión que no podía desencadenar, de ninguna manera, los sucesos. Reta a la imaginación aceptar una cosa de estas". Además, admitía como único error que "la medida se tomó a fin de mes, cuando la gente tenía los bolsillos vacíos".

La cartilla del FMI, naturalmente, preveía el beneficio de grandes capitales. En marzo de ese año, apenas después de El Sacudón, Pedro Tinoco, presidente del Banco Central de Venezuela (BCV), anunció que el Estado asumiría la deuda privada. En abril, el BCV lanzó billetes de uno y de dos bolívares porque suspendería la emisión de monedas de níquel ¿La razón? Su valor era superior al signo monetario que representaban. Al cierre de 1989, los únicos ganadores fueron los poderosos como lo confirmó el crecimiento de 23% en el sector bancario y asegurador.

La contracción económica fue para el pueblo y se agravó al año siguiente, pese al repunte de los precios de petróleo generado por la guerra del Golfo. El desborde de la inflación, la depresión del agro y la industria, la devaluación de 171% del bolívar, la peor caída del PIB, el descalabro del ingreso per cápita, el aumento del desempleo, la subida de las tasas de interés de la banca y la baja de 60% en el consumo de alimentos, fue el saldo de una política de "ajuste" que también significó la privatización de servicios y sumió al país en 62% de pobreza.

Aunque Pérez había llegado al poder con un barril que no se situaba en los espectaculares precios de los años 70, contó con una renta que osciló entre los 24,45 dólares de 1989 y 23 dólares en 1992, con un repunte de 30,35 dólares en 1990, un escenario relativamente estable y más favorable al que sorteó su antecesor en Miraflores. Sin embargo, la dificultad económica del país fue respondida con la lógica neoliberal: recorte de la inversión social, considerada como gasto, y "disciplina fiscal" para garantizar el pago oportuno a los marroquineros del cinturón.

Con diferente cachimbo

En 1992, dos intentos de rebelión militar precedieron la salida de Pérez, quien defenestrado por su partido dejó la silla presidencial en 1993, tras un juicio por delitos de peculado doloso y malversación de fondos. El país, fracturado socialmente y con una economía quebrada, optó por llevar al poder a Rafael Caldera, por segunda vez.

Caldera, de tradición copeyana, apareció como ganador de unas cuestionadas elecciones con una propuesta política que supuestamente iba en contravía a Pérez. Un cambio. Durante la campaña, sacó su "Carta compromiso con el pueblo" en aparente oposición a aquella carta de intención suscrita por el gobierno adeco con el FMI y que fue responsable de El Caracazo. Después de los comicios, esa promesa se convirtió en la llamada Agenda Venezuela, otro nombre para la misma política: El tutelaje económico.

Las debilitadas cuentas nacionales se usaron como pretexto para castigar al pueblo, no así al capital financiero. La crisis bancaria de 1994 fue atendida con un "auxilio" que le costó al país más de 7.000 millones de dólares, que se fugaron junto a los responsables de la estafa.

Los precios del petróleo habían empezado a derrumbarse después de la guerra del Golfo. La resaca después de Tormenta del desierto fueron cotizaciones de 12,11 dólares por barril al cierre de 1993, que siguieron su ritmo de deterioro hasta los 9,38 dólares registrados a finales de 1998.

En ese escenario, Caldera profundizó la receta neoliberal con un golpe adicional: la precarización del trabajo. Con la promesa de generar más empleo, incentivar a los empresarios y dinamizar un aparato productivo estancado se aprobó una Ley Orgánica del Trabajo (LOT) que, entre otros tantos retrocesos, eliminó el carácter retroactivo de las prestaciones sociales. Se disparó el desempleo de 8,7% a inicios de su gobierno a 13% en 1998, en medio de una inflación de 70,8% en 1994, 56,6% en 1995 y 103,3% en 1996.

La tesis del FMI era que con la nueva LOT crecería el consumo pero no por el "gasto" del Estado sino por la vía de los aumentos de sueldos que darían los empresarios porque el régimen laboral era más flexible. Ni cerca estuvo el resultado. Al incremento indiscriminado de precios en alimentos y medicinas, le siguió la brutal contracción del consumo. Las cifras del BCV mostraban el descenso de la demanda interna en -5% el primer año de la Agenda Venezuela.

Los capitales nunca dieron los prometidos aumentos pero vieron florecer sus ganancias a costa de pagar menos y sin retroactividad.

La Agenda Venezuela aceleró además el ritmo de privatizaciones iniciadas por Pérez, emprendió el ciclo de entrega de Petróleos de Venezuela, vendió las aerolíneas Aeropostal y Viasa, congeló las pensiones y jubilaciones, liberó el tipo de cambio y "redujo el tamaño del Estado", mediante el despido de más de 230.000 trabajadores.

"Nos congratulamos y aplaudimos las reformas económicas anunciadas por el presidente Rafael Caldera (...) Venezuela es un baluarte de la democracia latinoamericana. Es además nuestro principal proveedor petrolero y principales socios económicos en el hemisferio. Nosotros creemos que las medidas de ajuste contribuirán a sacar a Venezuela de la crisis económica y financiera que ha estado experimentando", expresaba el gobierno de Estados Unidos después del anuncio de la Agenda.

Los buenos augurios de Washington no correspondieron con la economía de los hogares venezolanos, que se sumieron en 60,9% de pobreza entre 1997 y 1998, de acuerdo a las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), más de 14 millones de pobres. De ellos, la mitad en pobreza extrema.

"Estamos mal pero vamos bien", fue la frase que pronunció el artífice de la Agenda Venezuela, Teodoro Petkoff, y que resultaba tan familiar con la acuñada entre 1992 y 1994 por el personaje de Eudomar Santos en la telenovela Por estas calles: "Como vaya viniendo vamos viendo".

La televisión —dedicada al abonar el mito del país de las misses, el beisbol y los culebrones— fabricaba referentes que tradujeran la crisis del cinturón en rating mientras, en el interín, el gobierno ajustaba la hebilla del cinturón a la famélica economía con la misma promesa de una prosperidad made in Consenso de Washington, una tierra prometida que jamás llegó para las mayorías, y que Gran Coquivacoa reflejó en una de sus gaitas de 1996:

“Doctor Caldera, escuche doctor Caldera lo que le queremos decir: así no se puede vivir, con esta amargura, con hambre y tantos problemas. No acabe con Venezuela, le está gritando el país. Hace tiempo le escuchamos sus promesas y esperanza, llenó el país de confianza y con usted nos resteamos, pero pasa el tiempo y vemos que el país se descalabra y hoy vemos que sus palabras se las ha llevado el viento".

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